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ENTREVISTA
¿Qué lo motivó a inclinarse por la literatura poética?
Es una pregunta difícil de contestar. Se trató de un largo proceso cuyas
raíces se extienden lejos, desde que miré las estrellas o la lluvia por
primera vez. Si bien escribí mi primer poema recién a los 16 o 17, la
poesía –que es rostro que tiene para mí la literatura- fue gestándose
dentro de mí, sin que yo tuviese demasiada conciencia de ello, desde
siempre: los días en que copiaba las letras de las revistas, miraba con
asombro las figuras de los naipes, y, más adelante, cuando me sentaba a
leer en un galponcito que había al fondo de mi vieja casa de la calle
Zeballos. Esos primeros libros, Alicia en el País de las Maravillas,
Viaje al centro de la tierra, entre muchos otros, fueron decisivos en mi
vida. Incluso, leía ediciones baratas –no sólo en el precio-, sobre todo
de ciencia-ficción; a uno de esos libros de bolsillo, La puerta infinita,
de un español que se hacía llamar Clark Carrados, lo recuerdo
especialmente: en una casa había una puerta en la planta alta, desde
afuera se la veía normal –si es que es algo normal una puerta que da al
exterior situada una planta alta-. Ahora, esa puerta, abierta desde
adentro permitía el acceso a mundos paralelos. La literatura es esa
puerta, sobre todo cuando se sitúa en un lugar impensado, imprevisto:
pasaje a lo no conocido, a lo maravilloso. Si bien, impulsado por mi
ansiedad y mi inconformismo, traté de aprender música, pintura, otros
idiomas, entre muchas otras cosas y con mayor o menor éxito, terminé,
estoy tentado de escribir fatalmente, en la poesía. Quizás porque en la
labor poética encuentro un modo eficaz de canalización para mis
urgencias, mis angustias y mis contradicciones. Claro, si tratara de dar
cuenta de los hitos del proceso que me llevó al primer poema y los
poemas que le siguieron hasta hoy necesitaría mucho tiempo –en este caso,
mucho espacio-, pero si algo me aportaron tantos años es un
apaciguamiento de la ansiedad. Cada poema, desde hace tiempo, es para mí
el resultado de sucesivas y prolongadas destilaciones, como una labor de
alquimista. Incluso, hace meses que no escribo poemas –sí artículos y
breves ensayos sobre arte- y dejo que todo se dé en lo profundo, que
haya flujo y reflujo, y no me desespero por sacarlo al exterior. Esto,
antes, hubiese sido para mí imposible.
¿Dónde estudió y cuáles fueron sus maestros?
Si bien estudié primaria, secundaria y me recibí de bibliotecólogo, me
considero un autodidacta. Leí mucho, tal vez demasiado. Leo mucho, tal
vez demasiado. No era yo el típico ejemplo del niño solitario que se
refugia en la lectura, me gustaba salir a jugar a la pelota y gritarle a
la vecina que nos la devolviera cuando caía en su patio, esto último con
suerte diversa. Y me gustaba ir al cine, con mis padres y mi hermana,
tres años más pequeña. Pero había algo en mí que me decía, con voz
poderosa, que allí, en los libros encontraría algo, una especie de llave,
un camino. El camino, efectivamente, lo encontré. La llave, quién sabe,
hasta ahora todo ha sido espiar por el ojo de la cerradura y lo que ví,
aunque acotado, restringido, me señala a cada rato que nada fue en vano.
¿Maestros? En general, sus libros: Verne, Carroll- de él recuerdo unos
versos ahora: Ha llegado el momento –dijo la morsa-/ de que hablemos de
algunas cosas: / de zapatos, de barcas, y de lacres; de coles, y de
reyes/ y de por qué el mar hierve tan caliente/ y de si los cerdos
pueden volar-, prosigo: Vallejo, una de mis influencias más fuertes y
evidentes durante años, Borges, Artaud, Montale, Eliot. Michaux… No me
olvido, sí, de alguien a quien conocí y traté un breve, pero provechoso,
tiempo: Alejandro González Gattone.
¿Cómo se inició en la crítica del arte?
No soy un crítico de arte. No me considero un profesional. No dispongo
del bagaje intelectual para tal cosa. Más bien soy alguien que escribe
sobre lo que, de algún modo u otro, lo sorprende, lo conmociona. Ahora,
mi primer escrito sobre arte, lo conté ya en oportunidades anteriores,
vino por una noticia de un concurso de crítica de arte para el que, de
modo accidentado, fatigoso, me referí al arte de las vanguardias –uno de
mis asuntos favoritos- y con el que obtuve el primer premio. Todavía
pienso en eso y me asombro. Por supuesto, durante la entrega de premios
en el Museo de Arte Moderno, entonces, era 1989, en uno de los pisos del
Centro Cultural San Martín, los profesionales me hicieron sentir que yo
era sapo de otro pozo. Allí conocí a personas que fueron, y son, amigos
y referentes: la crítica Laura Feinsilber, el físico cuántico y también
crítico Héctor Ranea, entre otros. Gracias a ese premio pude trabajar un
año con Roberto Aizenberg en un libro que recién se editó, gracias a
Federico Klemm, en 2001 –años después de la muerte del maestro
surrealista y poco antes de la del de pintor y gestor de la fundación
que lleva su nombre-. Aquí debo confesar una de mis numerosas
contradicciones: hay momentos en que proclamo que sólo escribiré poemas;
hay otros, como ahora, en que me dedico sólo a trabajar en artículos y
textos para catálogos de plásticos y fotógrafos: Mirta Kupferminc,
Karina Barg, Marcelo Lo Pinto, Norbert Guthier, Marité Malaspina,
Cynthia Isakson, etc. En estos días estoy armando una entrevista con la
autora del arte núbico, Mireya Baglietto, y un ensayo sobre un portfolio
de la fotógrafa Claudia Bonder sobre Praga.
Sus actividades fueron reconocidas y premiadas en distintos países. ¿Cuáles
son sus principales conceptos para analizar un trabajo?
Sí, mis poemas obtuvieron algunos premios. Estos premios me sirvieron,
sobre todo, para poder publicar. Hace tiempo que se está dando algo que,
años atrás, hubiese sido impensado –recuerdo los días en que pensaba yo
que jamás podría publicar un libro-: los editores me llaman para
editarme. Así, Desnuda materia fue publicado a través de una pequeña
editora porteña, Ediciones del Árbol, La orilla desierta, por Andrómeda,
una editorial de Costa Rica; ahora está en camino Les minutes qui
passent, que lanzará Poietes, una editora francesa, libro bilingüe
traducido por Frie Flamend y prologado por Stefan Beyst. Lo mismo
ocurrió con Roberto Aizenberg. Diálogos con Carlos Barbarito, volumen de
bellísima factura que se publicó gracias a Laura Feinsilber, Carlos
Espartaco y Federico Klemm. A fin de año una editorial barcelonesa, Azul,
proyecta editar mi Ámsterdam, uno de mis libros de poesía inéditos. Soy,
ante todo, un poeta. Y es a través del prisma de la poesía que veo el
fenómeno artístico en general, la vida toda. Es una suma de razón e
intuición. Y trato de agotar, si es que ello es posible, las
posibilidades. Me muevo de un lado al otro, como ante un gran poliedro.
Relaciono, indago, me sumerjo, me pregunto. A veces acierto, otras veces
no tanto.
¿Cómo está nuestro país en materia de plástica con relación a Europa?
París le dejó hace tiempo su sitial de caja de resonancias del arte a
New York. No hay que pensar demasiado para saber por qué. Hay quienes
siguen, en nuestro medio, mirando a París; otros a New York. De todos
modos, hace rato que el arte en Europa, con algunas excepciones, dice
poco y nada –basta mirar las últimas Bienales de Venecia-, y el arte
norteamericano tampoco sorprende últimamente –en conversaciones con los
amigos seguimos hablando de de Kooning, de Frank Stella, de Joseph
Albers, activos en los sesenta-. Aquí hay quienes imitan, quienes crean,
quienes siguen las modas, quienes siguen sus voces interiores.
Adivinarán a quiénes elijo. Son bastante más de los que se cree los que
trabajan con seriedad, con responsabilidad, con talento. No son, muchas
veces, los que llenan con sus obras las galerías de la calle Arroyo o
las de Palermo Soho –lugar donde se cuentan veinticuatro galerías en
pocas manzanas-. Por eso me alegra profundamente la noticia de
exposiciones de Matilde Marín, de Victor Chab, de Mirta Kupferminc, de
Germán Gargano, de Miguel Ocampo, por citar a algunos. No comparemos, no
me agradan las comparaciones. Hay un arte argentino que se desarrolla y
evoluciona gracias a los que trabajan en silencio y de modo casi
ascético. Y, como siempre, el tiempo, como el fuego heraclitiano, al
avanzar lo juzgará todo.
¿Cuáles van a ser sus futuros trabajos?
Uno siempre piensa en escribir el Libro y acaba escribiendo un libro.
Tengo sospechas, pero no sé realmente cómo serán mis poemas o ensayos
futuros. De algo estoy seguro, tendrán la marca de mis uñas y mis
fatigas.
Una opinión acerca de cómo esta posicionada Argentina en el mundo
cultural y que debería hacer el gobierno para mejorarla.
El arte es de los artistas que lo crean y de las personas que contemplan
y entablan diálogos con las obras. No hace mucho estuve en la reapertura
de la Confitería del Molino, donde se expuso lo que la Secretaría de
Cultura de la Ciudad de Buenos Aires supone es arte nuevo. Algo patético.
Alguien dijo: Se trata del residuo del residuo que se expone en el MAMBA
con el rótulo de arte reciente. Allí, evidentemente, no se encuentra ni
autenticidad, ni siquiera responsabilidad. Críticos que dominan la
escena y determinan, luego son defenestrados y su lugar es ocupado por
nuevos críticos que establecen su hegemonía y señalan y expulsan. Cada
uno trae su grupo. Justifican lo injustificable con palabras
rimbombantes. ¿Qué puedo decir entonces de la llamada política cultural?
Si es así, que no hagan nada. Claro, me olvidaba: hay quienes se
benefician y de qué modo.
A aquel joven que desea iniciarse como artista plástico, ¿Qué consejo
le daría?
Que no siga los consejos de quien siendo poeta tiene la temeridad de
escribir sobre arte y nunca agarró un pincel ni se manchó los dedos con
pintura.
© Carlos Barbarito, setiembre de 2005

(publicado en Semanario El
Tiempo, Pergamino, Argentina, 7 de setiembre de 2005)
Reactiones: Carlos Barbarito.
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