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Jonah Gabry
El viaje y la ausencia:
Una lectura de Momentáneo reflejo en el agua quieta
¿El viaje aún?: ¿De qué clase de viaje habla el poema? ¿Qué
viaje emprenderá ahora el poeta a principios del nuevo milenio?
La pregunta que da comienzo al poemario de Carlos Barbarito, y
que desencadena una serie de respuestas en forma de otras
cuestiones, de algún modo palpita en toda su obra:[1]
¿El viaje aún? ¿Partir
hacia lo que se desconoce?
¿A bordo de qué tren
o barco, de a pie? ¿Es posible
todavía, tiene alguna razón,
algún sentido? ¿O sólo
queda la conformidad de estar vivo,
de respirar, de recordar
que una vez hubo y ahora no hay?
¿Puede constituir eso
la vida y no la sed de mar
en pleno desierto, el sueño
de mujer entre sombras,
de música en medio del silencio?
(“Siete inviernos”, Sección 1)
Estos versos iniciales ya presagian el debate central del libro
en torno a la falta de algo “que una vez hubo y ahora no hay”,
cuya búsqueda ha dado sentido a la vida, y sobre el valor de esa
búsqueda.
Una pregunta fundamental en esta sección inicial de “Siete
inviernos” es si la vida, o la literatura, consiste en el viaje
en busca de algo o si consiste en la necesidad de ese viaje, “la
sed de mar en pleno desierto”. Por todo Momentáneo reflejo en el
agua quieta, este debate se realiza primariamente como la
búsqueda del objeto del deseo –lo que abreve la sed, la mujer
tentadora, la música ausente–, cuya captura (y realidad) ya se
pone en duda en los versos citados. Además, la formulación
estilística de este cuestionamiento sirve para reforzar el
contenido. Los versos breves que parten las preguntas enfatizan
la falta de una resolución. El lenguaje llano y sobrio permite
una poesía a la vez dubitativa y con un claro sentido de
dirección, que lleva a un estado de suspensión entre la
indagación racional y la reacción emotiva.
El presente ensayo ofrece una lectura personal de esta dirección
poética: su lenguaje, su temática, el estado al que lleva, el
viaje que propone a partir de las preguntas del poema inicial.
Mostraré que el “aún” de la primera pregunta (¿el viaje aún?)
alude a una búsqueda con una larga historia, acerca de la cual
me acerco desde varias perspectivas teóricas y literarias.
Carlos Barbarito vuelve a plantear esa vieja búsqueda de una
manera propia y peculiar, cuestionándola al mismo tiempo. Así,
su obra puede considerarse tanto una reacción en contra de sus
predecesores como un fruto de ellos, una extensión y una
divergencia desde elementos ya introducidos a la esfera de la
poesía tanto latinoamericana como mundial.
La secuencia que propongo comienza por examinar cómo se
relaciona esta búsqueda con el neobarroquismo del también
argentino Néstor Perlongher, por ser una tendencia vecina a la
de Barbarito en el espacio, el tiempo y el contenido. Luego me
remonto un poco más atrás, ya que hay aspectos de esta obra que
se relacionan con la aventura hacia lo liminal que intentaban
los poetas vanguardistas de los años 20 y 30, y para ilustrar
esto acudo específicamente al creacionismo del chileno Vicente
Huidobro. Finalmente, yendo más allá del contexto
latinoamericano, examinaré cómo es que este viaje que Barbarito
propone y cuestiona, es en muchos sentidos “universal”, es decir,
participa en la tradición filosófica y literaria occidental. Con
este fin considero brevemente ideas sobre la condición humana en
Lacan y sobre la poesía y la creación musical en T.S. Eliot,
Schopenhauer, Igor Stravinsky y Hans-Georg Gadamer. Hay mucho de
casual en estas referencias, pues sería posible establecer
muchas otras conexiones, por ejemplo con el surrealismo, con
César Vallejo, con Nicanor Parra, con Alejandra Pizarnik, y
tantos más. Pero cada una de las referencias que sí elijo son
producto de mi propia formación y me permiten destacar los
elementos que, en mi lectura, son los más relevantes en la
producción poética de Barbarito.
Quiero partir, pues, con la tradición literaria hispanoamericana
que forma el teatro desde el cual emprende el viaje Barbarito.
La poesía latinoamericana del siglo XX puede presentarse muy
generalmente como dividida en dos tendencias básicas: una, la
preocupación social; otra, la expresión “órfica”, es decir, la
búsqueda estrictamente estética y metafísica, sin ninguna
referencia explícita al contexto sociopolítico. Hay poetas
excepcionales, como Pablo Neruda y César Vallejo, que han
recorrido estos dos terrenos o afrontado al mismo tiempo los
dos, pero por lo general la mayoría de los grandes poetas del
siglo XX pueden asociarse con una de estas propensiones, tales
como Huidobro, Paz, Lezama Lima, Borges y Perlongher con lo
órfico y Cardenal, Dalton, Guillén y Mistral con lo social,
entre muchos otros.
Estas clasificaciones son artificiales y restrictivas pero
ayudan a detectar corrientes reveladoras. Por ejemplo, las
biografías de los poetas repercuten ostensiblemente en estas
tendencias poéticas. Los puestos políticos que ocupó Neruda y su
apoyo ardiente por la política de Salvador Allende indican un
nivel de preocupación por las condiciones sociales en toda
América Latina (ejemplificada en Canto General) no presente en
la vida de Huidobro, hijo de una familia aristócrata y residente
de París durante gran parte de su vida. El tratamiento
contestatario de la experiencia femenina en la poesía de Mistral
está claro también en su activismo pedagógico. Los temas
políticos en la obra de Cardenal recuerdan sus años como
ministro en el gobierno sandinista, su sacerdocio y su rol en el
desarrollo y aplicación de la Teología de la Liberación.
Respecto a Barbarito, su biografía recuerda la de Borges, la de
un bibliotecario que se crió entre libros.
Lo que vincula estas dos esferas es el comentario sobre el
proceso poético. Tanto los distinguidos poemas “comprometidos”
como los órficos (como veremos en Perlongher), contienen
reflexiones sobre la construcción y el rol de la poesía. Este
ensayo demostrará que Momentáneo reflejo en el agua quieta
pertenece más al campo órfico –lo “universal” de Borges–, y
también mantiene su propio diálogo interno sobre el significado
y alcance de la poesía.
Una de las tendencias órficas más reconocidas en Hispanoamérica
es el neobarroquismo, varias de cuyas características tienen una
relación directa con la obra que nos ocupa. En el libro Textual
Disruptions: Spanish American Poetry at the End of the Twentieth
Century, Jill Kuhnheim argumenta que, entre otros, los rasgos
generales que distinguen esta poesía son: la falta de una
referencialidad externa; la concentración en la superficie del
lenguaje; la “saturación del lenguaje comunicativo” (116,
citando a Perlongher); la atemporalidad; la discontinuidad entre
la representación y la esencia de lo que es representado; la
ruptura con las expectativas de representación; la fascinación
con el exceso; la riqueza connotativa; el cuestionamiento de la
validez de los paradigmas europeos heredados y el énfasis en la
periferia como centro (116-117). En suma, entonces, el proyecto
del estilo neobarroco es crear desorientación para llevar a un
espacio alternativo al racionalismo prevaleciente en la sociedad
contemporánea occidental.
Recurriendo principalmente a estas predilecciones, quiero
demostrar que Momentáneo reflejo en el agua quieta es y no es
neobarroca en cuanto a su contenido y forma, respectivamente. En
tal sentido, en su artículo “Las preguntas elementales”, ha
documentado la Profesora Yolanda Ortiz una influencia bíblica en
la lengua de Barbarito que, comparada con el lenguaje Nestor
Perlongher, sirve como punto de partida para este análisis.
Barbarito evalúa esta influencia bíblica así: No se equivoca
quien ve en mi poesía una influencia de lecturas bíblicas…pero
no se trata de una incursión literal, de tipo fundamentalista (jamás),
sino una busca de un modo de decir, simple y profundo al mismo
tiempo, nunca exento de aguijón y belleza (Gabry, Entrevista con
el autor). El uso de frases cortas y agudas y de vocabulario
directo y no rebuscado distancia el lenguaje de Barbarito del de
Perlongher. Sirve de ejemplo una comparación de la segunda
sección de “Siete inviernos” con el poema “Recio el embarque” de
Perlongher. Dice el texto de Barbarito:
Pero está el fuego, que purifica. Y
la oscura verdad bajo el cieno.
Alguna mínima virtud luego de la vergüenza.
Horas en la oscuridad y un instante
ante una luz que enceguece.
Lo que se sabe y lo que se ignora.
La astilla, la paradoja, el acicate.
La mano amasa lo que la boca no comerá.
La boca muerde lo que debiera besar.
Oscuros pescadores en quemados arenales.
Oscuros náufragos en patios de cemento.
Qué surge de la tierra.
Qué orbita el cansancio.
Qué se hunde en la ceniza.
(Sección 2)
En cambio, nótese el sobrecargado diseño lingüístico de
Perlongher:
RECIO EL EMBARQUE, airado aedo
riza u ondula noctilucas
iridiscencias enhebrando
en el etéreo sulfilar:
un trazo
(deleble persistencia)
en el enroque de los magmas
en el cuadriculado del mantel
-mental, la sala
de entrecasa (arte kitsch)
compostelaba medianías
en el corset de voile, leve y violado.
Pero los voladitos
de los encajes del mantel urdían
más que un texto una forma, una figura...
(Sección 1, v. 1-15)
En el texto de Barbarito, los términos bíblicos –fuego, luz,
oscuridad, tierra, ceniza–proveen una conexión inmediata y un
punto para comenzar el conocimiento del poema entero. El
lenguaje es llamativo sin chocar, atrayendo por su accesibilidad.
En lugar de deslumbrar con el idioma, es casi como si procurara
adormecernos hasta llegar a un estado cercano al que excita y
agita Perlongher. Las frases de Barbarito, fácilmente
entendibles pero incómodamente directas y absolutas (La boca
muerde lo que debiera besar), forman un habla aparentemente
coloquial que paradójicamente nadie emularía en una conversación.
A lo largo de la lectura, el idiolecto de Barbarito establece un
espacio ajeno a la cotidianidad y, a través de esta concordancia
de normalidad sintáctica e incomodidad conceptual, conduce hacia
un trance meditativo en el que la pregunta se habita en toda su
intensidad y la oposición entre forma y contenido se disuelve.
Al contrario, en el primer verso de “Recio el embarque”
tropezamos de inmediato tanto con el léxico como con la
estrategia sintáctica de Perlongher. El manejo de palabras
insólitas (“sulfilar”), una gramática trastornada, y trucos
ortográficos y connotativos (“mantel” y “mental”, “el enroque de
los magmas”), lleva a un estado de ofuscación que parece a la
vez caprichoso y bien planificado. En Medusario: Muestra de
poesía latinoamericana, Jacobo Sefamí resume estas
características:
Las palabras de Perlongher pierden empaque y definición. Su
devenir lábil evoca una textura de gomalaca, de filador a la
brillantina, de ‘hule’, o mermelada de portuñol, o dulce de
leche ‘neobarroso’, término que Perlongher prefiere a neobarroco
para calificar cierta poesía rioplatense (369).
Aunque parece que Sefamí se ha lanzado también en las garras de
esa misma lengua elusiva y excesiva, lo importante aquí es que
los términos “pierden empaque y definición”, produciendo una
relación innatural entre las palabras y las cosas que lleva a la
pérdida del apoyo en lo familiar.
Según Kuhnheim, en la obra de Perlongher esta desorientación
puede interpretarse como una dicotomía entre el ser (lo
representado) y el parecer (la palabra) que enfatiza el carácter
elusivo del deseo humano, el cual igualmente ocurre en la
dicotomía entre el sujeto (el ser) y un objeto que nunca acaba
de ser satisfactorio (el parecer) (124). De acuerdo con Kuhnheim,
Sefamí constata en El llamado de los deseosos que en la poesía
de Perlongher el deseo “se mueve como el lenguaje desplazándose
de significante a significante, en busca permanente e indefinida
por alcanzar un ilusorio sentido…su actividad es escurridiza,
como el agua” (234). Dentro de la tradición psicoanalítica, este
vínculo entre el deseo y el significante ha sido explorado
marcadamente por el francés Jaques Lacan, a cuya
conceptualización haré referencia en páginas siguientes.
Es precisamente por este tratamiento del deseo que se puede
hacer un puente entre Barbarito y el neobarroco. Como ya
mencioné, central a la obra de Barbarito es la búsqueda del
objeto del deseo, descrita por Lacan como una falta insaciable e
inherente que define a los seres humanos y que nos provoca la
acción. Dicho de otra manera, la esencia de la experiencia
humana es justamente esa falta, que nos mueve a producir cultura,
a crear, a tendernos hacia un objeto siempre por alcanzar, y por
tanto siempre momentáneo. Barbarito, igual que Perlongher,
explora lo inasible de esa falta a través de la poesía, el
género literario más capaz de alcanzar el nivel de lo
transitorio. Así, y como pretenderé poner de manifiesto a lo
largo de este ensayo, el epónimo “Momentáneo reflejo en el agua
quieta” es precisamente la versión de Barbarito del transitorio
deseo lacaniano captado y expuesto en forma poética.
Pero en la poesía todo es metáfora de la palabra, y la
indagación poética de estos extremos del ser que toman la forma
del deseo también puede verse como la búsqueda de un significado
elusivo –¿o ilusorio?–, de la cosa en sí que es mostrada y
ocultada al mismo tiempo por su representación lingüística o
comunicativa. Así, la palabra, que surge de una desconexión con
el objeto, funciona igual que el deseo. Veamos cómo se
desarrolla esta idea en “Siete inviernos”:
¿Cómo debo llamarla? ¿Hermana,
máscara, hocico de lobo,
pozo o tejado, reflejo, laurel,
demonio? Siento
que cualquier palabra puede hacerlo
pero que ninguna puede alcanzarla
allí donde nace y consiste.
Huye, se extravía en la niebla.
Está detrás de mí, en el espejo.
Vive en una altura indefinida, inmedible.
No tiene peso, torna inútil la balanza.
(Sección 4)
Es verosímil interpretar este pasaje como la búsqueda de la
mujer ideal (el primer verso, “¿Como debo llamarla?”, especifica
el género). Pero también es válido verlo como la búsqueda de esa
parte indefinida, e indefinible, del sujeto mismo, lo que está
siempre “detrás de [él] en el espejo” y que es “inmedible”, es
decir, que se escapa a la representación y a la coherencia
racional. Y esa parte que “funda” lo humano en cuanto es el
origen del desear, y que Lacan llama “la falta”, se desplaza de
un significante a otro sin lograr su satisfacción completa, como
lo anotaba Sefamí. Por eso “cualquier palabra puede” nombrarla,
pero “ninguna puede alcanzarla”. Creo que las dos
interpretaciones resultan ser lo mismo y su unión comunica la
meta de la poesía neobarroca: llevar por un umbral ajeno –la
desorientación lingüística– hacia una incierta experiencia pura,
huidiza, que sería la esencia de la palabra y allí donde lo
humano “nace y consiste”.
Y este también puede ser el viaje que proponen tanto “Siete
inviernos” como “Recio el embarque”. En sus comentarios sobre
Perlongher, Kuhnheim afirma que en “Recio el embarque” el viaje
“is primarily linguistic or imaginative” (120), pero creo que el
valor del poema no radica sólo en la singularidad del lenguaje.
Mejor podría considerarse un viaje que enfatiza el lenguaje como
vehículo. En contraste, en el viaje de Barbarito el lenguaje
quiere disiparse y en el proceso mismo llevarnos a su meta.
Lo neobarroco en Barbarito, por tanto, no se halla en la
selección del léxico ni en el uso de gramática sino en el efecto
que produce. La impenetrabilidad del lenguaje de Perlongher está
presente en el contenido de Barbarito que se asemeja a lo
neobarroco por sus ideas y no por las formas que las presentan.
Tanto la poesía de Barbarito como la de Perlongher dejan a su
paso una estela vertiginosa de realidad onírica pero más
personalmente real y saciable para esa parte “inmedible” y
“deseosa” que habita en la conciencia, si se quiere, por debajo
de lo racional.
En “Poema y diálogo”, el filósofo y crítico literario alemán
Hans-Georg Gadamer aborda la misma cuestión del poema como un
viaje hacia espacios todavía no racionalizados. Gadamer plantea
que “un poema no es más que una palabra pensante en el horizonte
de lo no dicho. Lo que lo distingue es el hecho de estar siempre
también en el horizonte de lo indecible” (152). “Lo indecible”
en Gadamer equivale a la experiencia libre del prejuicio
cultural –“lo inmedible” en Barbarito–, y lo que el poema
realiza no es alcanzar esa experiencia sino balancearse en los
límites de ella, en “el horizonte”.
En el siguiente poema de Barbarito, este “horizonte” se
manifiesta como la frontera entre el cuerpo y el alma, los
símbolos más representativos de lo físico y lo metafísico/metafórico:
El alma no mide, no significa.
El cuerpo mide pero no perdura,
significa piedra blanda,
tierra que no acoge.
¿A qué o a quién semeja?
Se dirige, todo uñas, y ojos, y uñas,
a algo oscuro y remoto
que no sabe que,
en la punta más lejana del mundo,
existe de lo que fuera bosque
apenas una desordenada, menguante hojarasca.
Aquí la naturaleza subyacente en el ser humano, “el alma” que se
imagina Barbarito, no se revela mediante una red de
significantes, “no significa”. En cambio, el cuerpo, símbolo de
la caducidad, sí existe en la esfera definitiva justamente por
su inevitable expiración. “El alma” como metáfora del poema es
afín a “lo indecible” en Gadamer –que se remonta al noúmeno en
Kant–: lo que, sin significar, es y está. “A poem should not
mean / But be” (23-34) escribió en 1925 el poeta norteamericano
Archibald MacLeish, “A poem should be motionless in time / As
the moon climbs” (9-10). El poema que se mece en “el horizonte”,
como “el alma” en Barbarito, no mide y no se modifica conforme
al subir, caer y adelantar del mundo físico. Y la existencia
humana podría resumirse en este esfuerzo por recuperar ese “algo
oscuro y remoto” del ser y estar sin significar (de llenar “la
falta”, diría Lacan). Sin embargo, el juego consiste en nunca
alcanzar ese objetivo, pues siempre nos topamos con la
representación, una “menguante hojarasca” que sustituye al
bosque deseado.
Esto es comparable al juego de la poesía en su intento de
nombrar lo innombrable. “El arte es capaz de mostrarnos
realmente lo que permanece”, insiste Gadamer (143). ¿Pero en qué
sentido “permanece”? ¿Y qué es lo que permanece? La ambigüedad
tanto lingüística como conceptual en esta frase sugiere que
solamente “lo indecible” durará. Así, en “El alma no mide, no
significa…” lo que permanece es sólo la “menguante hojarasca”
que seguirá mermando hasta que sea necesario reemplazarla por
una nueva representación igualmente insatisfactoria.
Desde este punto de vista, el poema de Barbarito se resiste a
aceptar tan sencillamente la oposición judeo-cristiana entre
cuerpo y alma. Si el cuerpo se dirige al alma, “a algo oscuro y
remoto”, encuentra solamente la “menguante hojarasca”, la
futilidad de lo perdurable. De este modo, el poema reconoce la
búsqueda de lo perdurable, pero lo mira con escepticismo. Además,
definir el cuerpo con el oxímoron “piedra blanda” –que niega
tanto la dureza de la piedra como la maleabilidad de algo blando–,
insiste en el hecho paradójico de que el cuerpo elude la
definición cierta: es sólido y maleable al mismo tiempo y se
deforma con la corriente de significantes “escurridiza, como el
agua” que figura Sefamí. Son inseparables el cuerpo y el alma –o
son lo mismo– parece afirmar esta definición. Asimismo, el
poema, que comienza en el primer verso con “el alma”, pasa en
los demás versos a estudiar exclusivamente el cuerpo, una
sugerencia, tal vez, de que la búsqueda del “alma” empieza con
la exploración del “cuerpo”, la imperfecta representación física
del alma, pero lo único que sin duda tenemos. De esta forma, el
poema es un microcosmos del debate central del libro: estos
versos breves permiten dos interpretaciones inversas pero
complementarias del mismo problema de moverse hacia lo liminal.
Y esta preocupación por lo liminal nos permite también tender
puentes con la búsqueda poética vanguardista de hace casi cien
años, como la presentan Jerome Rothenberg y Pierre Joris en su
resumen sobre la historia de la poesía moderna y posmoderna.
Hubo un fenómeno a finales del siglo XX cuando, según opinan los
autores, la caída de la Unión Soviética inició un retorno
multifacético a los albores del siglo. El nacionalismo, el
conflicto étnico, las primeras fases de ideologías totalitarias
y el desarrollo tecnológico a toda marcha se parecían a las
condiciones que enfrentaban los vanguardistas a comienzos del
mismo siglo (1). Este paralelo histórico invita a cotejar la
poesía contemporánea de Barbarito con la obra legada por Vicente
Huidobro.
El creacionismo, una rama del escenario poético a principios del
siglo concebida e intentada por Huidobro, situó al poeta en el
rol del creador o, en términos actualizados, el inventor.
Escribir el poema era un acto generativo que daba a luz a una
creación virgen. Como enseña en su “Arte poética”, la tarea del
poeta no era describir el mundo sino rehacerlo a través del
lenguaje: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh, Poetas! / Hacedla
florecer en el poema” (v. 14-15), concluyendo que “El poeta es
un pequeño Dios” (v. 18).
Y este proyecto de hacer coincidir la cosa y su representación
o, en su defecto, de inventar mundos nuevos, lleva a la búsqueda
de esa experiencia “pura” a la que aludí en páginas anteriores.
Altazor o el viaje en paracaídas, la obra maestra de Huidobro,
relata el viaje aéreo de un personaje que va en busca de su
“primera serenidad” para devolver a la lengua su “rol acuático”,
es decir, liberar a la palabra de su carga significativa para
llegar a aquel estado anterior a la razón que, como diría
Barbarito, “no mide, no significa”. A lo largo del libro, el
lenguaje de Altazor se va disolviendo hasta que, en las últimas
estrofas, sólo permanecen las vocales.
Una eliminación de lo superfluo del lenguaje se cuestiona en los
primeros versos del siguiente poema de Barbarito, pareciendo
aludir directamente al libro de Huidobro:
¿Qué hicimos? El día
en su última instancia
y las lámparas que de a poco
se encienden. ¿Y ahora?
¿Quitarle las vocales a las palabras
para que la oscuridad se retarde
aunque sea un poco?
(v. 1-7)
Aquí, la idea está invertida y se sugiere la eliminación de las
vocales, pero el resultado es lo mismo, una purificación del
lenguaje que ayuda a detener “la oscuridad” de la lucidez
racionalista. Tanto aquí como en Altazor, el poeta creador,
peregrino entre las muchas piezas del mundo, rompe la conexión
entre significante y significado para sustraernos a la
percepción mediada por el lenguaje, y acceder a un momento,
fuera del tiempo, cuando todo converja en la iluminación.
Pero la pregunta “¿Y ahora?” también podría contener algo de
sarcasmo. La respuesta que da Barbarito, que deberíamos
descartar las vocales, sí es una posible sugerencia a partir de
lo que ha legado Huidobro, pero también es el cuestionamiento
del valor de esa táctica. El poema tiene un tono de cansancio o
perplejidad, como preguntándose si vale la pena volver a
intentar algo que ya se ha hecho con resultados cuestionables.
Asimismo, el “antipoeta”[2] que en Altazor atraviesa el espacio
estrellando el lenguaje, es cuestionado al principio de
Momentáneo reflejo en el agua quieta. La pregunta, “¿El viaje
aún?”, que da comienzo al libro, pone en entredicho el valor de
esta travesía. Mientras que Huidobro origina un camino dinámico
y directo hacia la “Iluminación” que ha presentido, Barbarito,
como demostraré en detalle, ha creado una meditación sobre las
posibilidades poéticas que no pretende privilegiar una vía
óptima.
Rothenberg y Joris también consignan que una de las técnicas
poéticas propias al siglo XX es la experimentación con formas
alteradas de conciencia (2), en las cuales el lenguaje mismo se
convierte en instrumento de visión, como en el neobarroco. En
gran parte de Momentáneo reflejo en el agua quieta, no existe un
“yo” poético, sino un sujeto plural, un “nosotros” o un “ellos”.
Así, en ausencia del “yo”, el lenguaje mismo del poema, y no un
hablante, sirve como ojo, la lente por la que se revela el mundo.
En “Las preguntas elementales”, Ortiz comenta esta preferencia
por el sujeto plural y “la pregunta lanzada hacia un
interlocutor inconcreto” concluyendo que “este conjunto de
características concede a [los poemas] de Carlos Barbarito un
alto nivel de abstracción, y con él, un valor general y
universal” (35). Sin embargo, interpreto este “valor universal”
no como una visión del mundo que necesariamente compartimos
todos sino como una sensación abstracta que va hacia lo
indecible, “algo oscuro y remoto” a la vez común y particular al
individuo.
La crítica poscolonial ahora considera problemático el concepto
de “lo universal”, señalándolo como un concepto ligado a la
exportación europea de valores e ideas en su expansión
colonialista. En “El escritor argentino y la tradición”, Borges
agrega una condición paradójica. Según él, se espera – en Europa
pero específicamente en Argentina misma – que el mundo
colonizado acepte los valores occidentales a la vez que se les
exige una literatura que se limite a preocupaciones autóctonas:
…los nacionalistas simulan venerar las capacidades de la mente
argentina pero quieren limitar el ejercicio poético de esa mente
a algunos pobres temas locales, como si los argentinos sólo
pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo… Esta
opinión me parece infundada. Comprendo que muchos la acepten,
porque esta declaración de nuestra soledad, de nuestra perdición,
de nuestro carácter primitivo tiene, como el existencialismo,
los encantos de lo patético. Muchas personas pueden aceptar esta
opinión porque una vez aceptada se sentirán solas, desconsoladas
y, de algún modo, interesantes (158-159).
De acuerdo con Borges, creo que, además de lo que propone Ortiz,
“el valor general y universal” en Barbarito es una manera de
exigir la desterritorialización de la poesía, la superación del
autoctonismo. A través de la abstracción geográfica –la falta de
referencias a Argentina o América Latina– y del tratamiento de
temas metafísicos y no atados al contexto social inmediato, los
poemas reclaman su lugar en lo “literario” (como lo ha definido
la tradición occidental) y no lo argentino. Puesto que Ortiz ya
descubre en la obra de Barbarito la influencia y “voz” de Borges
(29), no es difícil suponer que los poemas sirven en parte como
respuesta a esa expectativa injusta que, según Borges, el mundo
occidental y los nacionalistas argentinos han impuesto sobre el
mundo colonizado.
En su artículo, Borges también describe la ventaja irónica que
tienen específicamente los argentinos como descendientes de
europeos. Los marginados, los que están pero están afuera, por
así decirlo, pueden producir una visión aún más apreciada desde
el interior mismo por tratar los mismos temas desde un punto de
vista relativamente exterior a los prejuicios, restricciones y
obligaciones firmemente arraigados dentro de la tradición
occidental. Este fenómeno, al que se refiere también Kuhnheim
como un énfasis neobarroco en la periferia como centro (117), da
a la obra de Barbarito una doble capacidad: el poder de
dirigirse a los remotos temas occidentales/universales sin
someterse tanto al peso riguroso de esa tradición. Escribe
Borges:
Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo
también que tenemos derecho a esta tradición, mayor que el que
pueden tener los habitantes de una u otra nación occidental… [Podemos]
manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones,
con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias
afortunadas… Todo lo que hagamos con felicidad los escritores
argentinos pertenecerá a la tradición argentina, de igual modo
que el hecho de tratar temas italianos pertenece a la tradición
de Inglaterra por obra de Chaucer y de Shakespeare… [Debemos]
pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los
temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser
argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad y en ese
caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera
afectación, una máscara (160-162).
Así, en “Siete inviernos” Barbarito tiene la libertad para
cuestionar las ambiciones de la modernidad occidental –preguntarse
si todavía vale la pena el viaje “hacia lo que se desconoce” (“Siete
inviernos” v. 2)– y al mismo tiempo resistirse a las respuestas
posmodernas, negándose a aceptar que sea superflua ahora la
pregunta en sí. En Momentáneo reflejo en el agua quieta, la
pregunta es lo más esencial. Es una manera de esquivar las
etiquetas de clasificación y, en cambio, tenderse hacia los
terrenos marginados de los movimientos literarios y filosóficos
sin obligarse a respaldarlos de una forma u otra. El poeta se
emplea como explorador sin destino predeterminado, un guía que
navega “la vía [incierta] entre los árboles” (“Supe de pronto
que no eras…” v.5). “Giró sin sentido la brújula”, dice el
siguiente verso, y entendemos la ironía de que, a partir del
cuestionamiento inicial del sentido del viaje físico o literario,
este poemario sea una andanza inminente e interminable.
Como he ido mostrando, esta andanza sin rumbo aparente, que
puede llamarse metafísica en el sentido más literal del término,
es motivada por la búsqueda de una especie de “Verdad” absoluta
o universal (el objeto último del deseo), y en este sentido se
puede asociar con búsquedas poéticas del Modernism occidental.
Por ejemplo, la técnica interrogativa, fundada principalmente en
preguntas sucintas pero abstractas, recuerda la de Four Quartets,
donde T.S. Eliot intenta dibujar una visión metafísica y luego
argumentar a favor de ella a través de una exégesis lógica que
imita el método científico. Pero Momentáneo reflejo en el agua
quieta no procura llegar a una demostración dialéctica. Su
“poesía-por-preguntas” admite la posibilidad de “encontrar con
los ojos cerrados” (“Siete inviernos” sección 7 v.13) sin
eliminar toda duda acerca de esa posibilidad, e incluso de si es
deseable el hallazgo. Así se ofrece, por esencia, una estrategia
para avanzar cada vez más hacia esa “Verdad” sin llegar a
alcanzarla nunca, como la curva que se aproxima a una asíntota.
En una entrevista el autor reflexiona sobre el tema:
Siempre estoy escribiendo el mismo e interminable poema. Claro,
ahora con más madurez y precisión que cuando era joven. Es como
estar mejor situado, mirar desde mejores perspectivas, el mismo
y misterioso objeto de siempre. O, mejor, conversar sin descanso
con una alta sombra, que no se deja indagar sino de a poquito,
en cuentagotas, formulándole preguntas más ajustadas cada vez (Barbarito).
De esta manera, pues, Barbarito se encuentra en una brecha
–entre lo moderno y lo posmoderno, si se quiere–, un espacio
donde se permite creer en una “Verdad” momentánea y al mismo
tiempo considerarla problemática e indemostrable. Pero
irónicamente, volviendo al término de Ortiz, este espacio
también podría considerarse “universal”, por encima o por fuera
de la esfera de las clasificaciones literarias.
En otro sentido, ese “valor general y universal” que atribuye
Ortiz a los poemas recuerda la visión gadameriana del poema como
“estribillo del alma” (145). La poesía, dice Gadamer, “es un
acompañamiento de todo el canto, al que el poema invita y que
sólo se realiza plenamente si tomamos parte en él” (145).
Barbarito representa no una mirada al “yo” sino del “yo” y con
él: una especie de “nosotros” realmente. Así, su obra puede
considerarse una búsqueda de la comunión y no la comunicación.
Es una disipación del “yo” en lugar de su descubrimiento. Esta
idea aparece en los últimos versos del poema “Es el final…”:
Pero es el final.
El naufragio del arca.
La lepra, la peste, la artrosis.
El fuego que avanza.
El agua que avanza.
Pude haberte dicho,
aunque no sea verdadero:
ayer soñé con un jardín,
ayer desperté en un jardín.
Y no te dije nada.
(v. 31-40)
Este final del poema penúltimo describe una experiencia de toda
la civilización humana. Frente al mundo caído hacia el caos, la
comunicación se vuelve imposible –o el caos facilita darse
cuenta de que siempre había sido imposible–, y sólo permanece lo
liminal, “lo indecible”. Más bien, los versos presentan el
descubrimiento de una paradoja: la transparencia y el
aislamiento simultáneos del “yo” en la búsqueda de la
individualidad en el mundo globalizado. Si “¿El viaje aún?” se
puede referir, en parte, al viaje físico para conocer el mundo,
estos versos se imaginan una edad en la que el tiempo se va
acabando y las mismas fuerzas se van extendiendo por todo el
mundo tornando inútil el viaje.
Sin embargo, el viaje interior al que llevan los poemas deja la
sugerencia de un momento oportuno para el entendimiento “verdadero”.
En un mensaje, citando a su amigo el poeta vasco Emilio Varela,
Barbarito me comunica la idea. Dice Varela:
Nuestro poeta Eduardo Apodaca escribió esto que sigue en mi
memoria: "Hay algo en la poesía que, como en la naturaleza, es
anterior al artificio." Para mí esto es la realidad. Lo real que
debemos recuperar para la poesía. Hay que invadir los límites
(no podemos evadirnos de la realidad). En la literatura, como en
la vida, existen los instantes de realidad, de lucidez verdadera.
En la realidad nada es confuso. Y a cada cosa se le llama por su
nombre. Nos movemos de todas formas en la oscuridad, en la
esfera intuitiva. A tientas es como encontramos la belleza (Gabry,
Entrevista con el autor).
No obstante, este instante de clarividencia auténtica, en el que
“a tientas es como encontramos la belleza”, se encara con duda
en los versos culminantes de “Siete inviernos”:
¿nacerá lo deseado del fondo de la tierra,
al cabo de estas horas,
cuando más arrecie la tormenta?
¿será entonces la edad propicia,
el momento para tener hambre y sed
y encontrar con los ojos cerrados?
(Sección 7, v. 8-13)
Tomada a solas, esta conclusión del poema inaugural del libro
podría contener la esperanza del advenimiento, en medio de la
babel más extrema, de un tiempo en el que sea realizable
atravesar el “horizonte” desde el plano de la naturaleza hasta
el plano de la belleza, desde el plano de la vida hasta el plano
de la realidad “verdadera”. Sin embargo, considerados en el
contexto de varios otros poemas del libro, los versos parecen
perder el lado esperanzador, prestándose, en cambio, más a una
interpretación ominosa que los muestra como una duda fundamental
de que esa “edad propicia” exista siquiera.
Esta desilusión está clara al final del penúltimo poema ya
mencionado y al final también del poema “De quién la pulpa de la
fruta...”:
¿ Y este perro que ladra a la belleza,
que muerde su espesor y su sustancia,
este hombre que siembra en el barro,
descalzo y solo bajo un sol indiferente?
¿ Qué somos cuando sólo hay sal y sangre,
sombras de bromo en largo cortejo,
luces submarinas, frágil paraíso que se disipa?
(v. 9-15)
El contraste entre la “belleza” y el denigrante y duro mundo
físico, representado por el perro y el trabajador empobrecido,
lleva a la pregunta “¿Qué somos cuando sólo hay sal y sangre…”,
cuestión que parece lamentar que exista esta vida solamente y
negar, por tanto, el alivio de un paraíso que se disipa, la
“indecible” belleza encontrada a tientas.
Este debate interno se perpetúa en el poema final del libro,
“Mujer con violonchelo”:
Desde el cuarto contiguo,
madera y metal vibran,
como vibra al unísono su carne.
Sin desnudarse, de todo lo superfluo
se despoja. Armonía
que la hace a quien la crea
una entre todas las cosas
y convierte al resto en un espejo
que con distorsión
la refleja. Ahora
es un final de exilio
sobre cuerdas que regresan
al día anterior a las cenizas;
al oír puedo decir yo soy
en lugar de yo fui
y encontrar presencia
donde reinaba la privación, la falta.
En estos últimos versos del libro surge una posible respuesta:
la música y, en la esfera literaria, la poesía sí son capaces de
llevar a “la lucidez verdadera”, pero sólo momentáneamente, como
se vislumbra el reflejo en el agua. “La falta” que, según Lacan,
provoca el deseo y, por ende, el desasosiego infatigable en los
seres humanos, sólo se abreva en soplos fugaces inducidos y
avivados por ese contacto con el otro (la mujer, el exilio, el
nosotros) que el arte induce. Entonces, la mejor respuesta a las
preguntas del libro, y lo que más que el lenguaje mismo sí nos
enlaza, es el poema, el “estribillo del alma…que todos corean y
en la que todos son ‘la misma alma’” (Gadamer 145). Este momento
de lucidez, en el que los límites de la personalidad desaparecen
y se intuye la unidad de todo lo que es, constituye una especie
de coito (la “pequeña muerte” en francés, de la que habla Lacan).
Afirma Barbarito:
El arte es capaz de detener el tiempo. Estamos viendo un film u
oyendo una música que nos emociona, nos encanta (en todo el
sentido del término encantar) y las horas vuelan y nosotros
tenemos la impresión de que no transcurren. El momento del coito,
el clímax, dura instantes y está hecho con materiales de
eternidad (Gabry, Entrevista con el autor).
Al inducir a un estado de presente –“yo soy”– que “dura
instantes y está hecho con materiales de eternidad”, la poesía
de Barbarito nos despoja del pasado y paradójicamente de la
coherencia cultural que produjo al poema mismo.
Dentro de la tradición literaria y filosófica occidental existen
numerosos trabajos en los que se puede seguir una idea análoga.
En El mundo como voluntad y representación, la música, por su
potencial de pasar por alto los filtros subjetivos de percepción,
es presentada por Schopenhauer como un vehículo para sustraernos
a la convención cultural:
The unutterable depth of all music – by virtue of which it
drifts over and beyond us as a paradise familiar yet ever
remote, comprehensible and yet so inexplicable – rests on its
echoing all the emotions of our inmost nature, but entirely
without reality and far removed from its pain (171).
Así, la música sería la manifestación del noúmeno de Kant, la
“voluntad” metafísica.
Vistos con la idea de Schopenhauer como guía, los versos de
“Mujer con violonchelo” y “Siete inviernos”, tal como el título
mismo del libro, sugieren que el poema, como la música, tiene la
capacidad de aproximarse al mismo estado libre de “todo lo
superfluo”. El poema de Barbarito, entonces, es una paradoja que
existe a partir del lenguaje a la vez que se lanza más allá de
los límites de su medio, hacia lo que no puede expresarse con el
lenguaje . En este sentido, es tanto un comentario sobre la
preocupación por sustraerse a la convención cultural como una
tentativa de ello.
Desde el punto de vista lingüístico, los poemas de Barbarito
logran acercarse a la música a través de la separación de
lenguaje y significado. El léxico es general, desprovisto de
referencias específicas y nombres propios y, cuando anómalamente
sí aparece uno, su uso es más una manera de enfatizar “el valor
general y universal” (como lo diría Ortiz), que un análisis
específico de la cosa nombrada. Sirve de ejemplo el poema “Esto
es lo que tenemos…”:
Esto es lo que tenemos:
un sueño de hogar en el Mar Pacífico,
uñas para escarbar en el polvo reluciente,
el libro que podría abrir y cerrar el aire inmenso,
un tonel de vino, pequeños demonios con pies hendidos,
agua para lavar la sangre
que traba las ruedas de los carros,
un mar ojos de escualos, un navío noche y día,
la Vía Láctea, viejos trirremes, la sudestada...
Lo que no tenemos es tiempo.
Los términos “Mar Pacífico”, “Vía Láctea” y “sudestada” no
funcionan para iniciar un comentario sobre ese océano, el
espacio o la meteorología sino para hacer hincapié en su
pequeñez en contraste con el tiempo. La mención de estos
términos es más un ejemplo, casi al azar, de todo lo que ya está
delimitado por la existencia cultural. Lo que de ellos será
gastado por el tiempo son los nombres que se les ha dado, los
calificativos, como “el Mar Pacífico”, que convierten la
experiencia “pura” en construcción cultural. De esta manera, en
Barbarito la utilización de terminología particular es un modo
de distanciarnos del significado y resaltar la insignificancia
de los vocablos.
La pregunta resultante, y necesaria, es si la preocupación por
esta liberación del condicionamiento cultural y social –el
“exilio” en “Mujer con violonchelo”– no es también producto de
la condición actual de la cultura. Esta dicotomía entre lo
cultural y lo natural es un tema que existe o se insinúa desde
hace milenios: “flor y canto”, por ejemplo, el término azteca
para la poesía, representa la unión de lo natural (o
preternatural) y lo cultural.[3] Y esta larga tradición de
tensión y alianza encuentra hogar actual en la obra de Barbarito.
En su autobiografía, el compositor ruso Igor Stravinsky comenta
la naturaleza y el poder de la música, ofreciendo una idea en
parte contraria y en parte consonante a las que hemos examinado:
For I consider that music is, by its very nature, essentially
powerless to express anything at all, whether a feeling, an
attitude of mind, a psychological mood, a phenomenon of nature…
Music is the sole domain in which man realizes the present. By
the imperfection of his nature, man is doomed to submit to the
passage of time…without ever being able to give substance, and
therefore stability, to the category of the present. The
phenomenon of music is given to us with the sole purpose of
establishing an order in things… It is precisely this
construction, this achieved order, which produces in us a unique
emotion having nothing in common with our ordinary sensations
and our responses to the impressions of daily life. One could
not better define the sensation produced by music than saying
that it is identical with that evoked by contemplation of the
interplay of architectural form (53-54).
Si para Schopenhauer la música puede trascender la
“representación” y expresar “la voluntad”, para Stravinsky la
música en sí no expresa nada, sino que da forma y orden al
presente, otra vez el “yo soy”. La música, según Stravinsky, es
una creación puramente estética y estructural, afín a una
construcción arquitectónica que no expresa sino que evoca y
encarna las emociones que nos produce. Así mismo sucede con el
estado al que induce la poesía de Barbarito.
Pero en ambos casos, cada asociación comprensible que surge
sería producto de la cultura. Stravinsky también sugiere que,
como la arquitectura crea una zona espacial, la música establece
una zona temporal para habitar y experimentar la interacción,
“the interplay”, de las formas. De modo parecido, como “estrillo
del alma”, la poesía de Barbarito –tanto el contenido como el
lenguaje– engendra un espacio en el que el significado sólo
radica en nuestra colaboración personal con él.
No obstante, este poema final del libro no es nada más que una
cadencia, un punto para descansar y después seguir con las ideas
o volver hacia atrás. Así, un poema anterior, “A los ahogados
nadie los recoge del agua…”, sirve como advertencia del peligro
que también llevara la experiencia, digamos “pura”, de la
“eternidad” que menciona el autor:
A los ahogados nadie los recoge del agua
y los sepulta, permanecen
flotando de espaldas, a flor de agua.
Se ahogan por amor,
por distracción, por angustia,
por fascinación por el abismo,
por cansancio. A su modo, continúan respirando;
persiguen, a su modo, la luz.
Cada noche, repiten, con su idioma
puro, sin subjuntivos,
la lengua silenciosa y pura de los ahogados,
un mismo y único poema,
que los que aún no nos ahogamos
no sabemos y si lo supiéramos,
no entenderíamos.
La comunicación humana, el lenguaje que usamos para convertir el
mundo en palabra, es por esencia una imperfecta representación
de la realidad o, en el sentido borgesiano, una realidad en sí
que inventamos. Si bien incapaz de alcanzar su meta más profunda
–el objeto del deseo– nuestro lenguaje, el de “los que aún no
nos ahogamos”, es fundamental a nuestra existencia. Es decir, el
potencial de encontrar “la lengua silenciosa y pura de los
ahogados”, “la de los dioses y la mítica lengua de los pájaros”,
obligaría también a la pérdida de los medios para la
comunicación. Es por esto que el autor me escribe:
Yo no quiero ser el ahogado. No debe haber peor cosa que
ahogarse. Si debemos ahogarnos para hablar una supuesta lengua
pura, no quiero eso para mí. Soy criatura del aire, no del agua.
Y hablo la lengua que hablan las criaturas del aire, imperfecta,
limitada, con erratas. La lengua impura. ¿Hay algo más puro que
el agua destilada? ¿La beberías? (Gabry, Entrevista con el autor).
El que hablara el idioma de “los dioses” sería un tipo de Funes
borgesiano, incapaz de olvidar, obligado a diferenciar cada
detalle minucioso. Funes, tal como “los ahogados”, padece, por
así decirlo, una experiencia “pura” que le roba la capacidad
para la generalización y por eso el pensamiento, haciéndole
insoportable la vida.
Escrito en negaciones –“no sabemos”, “no entenderíamos”– el
poema es efectivamente la afirmación de una paradoja: alcanzar
permanentemente el plano “puro”, sea de los ahogados o de los
ángeles, equivale necesariamente a la muerte, el abandono de las
herramientas para el pensamiento humano y la pérdida de la
experiencia humana fundada sobre el desarraigo. Por eso, porque
está ligado al tiempo, la obra de Barbarito nos recuerda que el
don que brinda el mejor arte es necesariamente momentáneo. Y la
merced o consuelo, que hasta el arte más espeluznante o macabro
pudiera proveer, no sirve para superar el mundo insatisfactorio
y dejar lo que somos sino para “alcanzar otros planos sin
salirnos de lo que somos” (Gabry, Entrevista con el autor). El
viaje, aún, es válido.
En Textual Disruptions, Kuhnheim explica que una de las empresas
del neobarroco es hacernos coautores. La impenetrabilidad del
poema neobarroco convierte al lector en un participante en el
proceso creativo y el poema no logra su potencial máximo sin
esta colaboración. En Momentáneo reflejo en el agua quieta,
Barbarito brinda un lienzo de preguntas que espera el pincel del
lector, tal vez la manera más adecuada de emprender algo que no
precisa un destino. Adecuada también porque el poeta permanece
ausente.
Hay algunos casos en los que un autor encuentra la manera de
insertarse a sí mismo en la obra con el intento de realizar un
trabajo de alto alcance estético y social, una obra que a la vez
reflexiona sobre el rol del artista en los asuntos sociales y
políticos. Cortázar lo cumple con el relato “Apocalipsis en
Solentiname” y Neruda con el poema “Explico algunas cosas”. En
éste, Neruda testimonia los horrores de la Guerra Civil española
paralelos a la transformación de su propio diseño poético. El
chileno subvierte los ataques contra su nueva poesía
descaradamente social, absolviéndose de la culpa y echándola a
sus críticos, los responsables por la guerra. Lo que interesa
aquí es la lupa introspectiva por la que los dos autores abordan
la cuestión fundamental del papel del artista en la política y a
la vez proyectan sus propias convicciones.
Momentáneo reflejo en el agua quieta no ambiciona esfuerzos de
este tipo. Se diría más bien que su logro consiste en hacer
desaparecer al poeta. Los poemas que ofrece Barbarito evitan los
juicios y las doctrinas. La auto-reflexión es de nivel
metafísico y los poemas son una sucesión (y superposición) de
visiones percibidas a través de un ojo que existe fuera del
deseo hasta fusionarse con la individualidad del lector. Su obra
parece poner en acción la siguiente frase del poeta argentino
Aldo Pellegrini que el mismo Barbarito me citó en uno de sus
mensajes: “el gran poeta se oculta detrás de su orgullo, no hace
relaciones públicas, vive en la soledad. A veces nunca aparece,
otras una mera casualidad lo descubre” (Gabry, Entrevista con el
autor). Momentáneo reflejo en el agua quieta es el reflejo de
esa casualidad, el intento serio y laborado, si bien en partes
imprevisto, del poeta que aguarda el momento propicio cuando lo
descubra un lector con hambre y sed de un viaje muy antiguo y
siempre nuevo.
©
Jonah Gabry

Bibliografía
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(13/02/2006)
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Vallejo, César. The Complete Posthumous Poetry. Bilingual
Edition. Trans. Clayton Eshleman and José Rubia Barcia. Berkeley
and Los Angeles, California: University of California Press,
1980.
[1] Los poemas de Barbarito citados corresponden a la versión
bilingüe que acompaña este estudio. Consúltese el índice para
encontrarlos por su título (que en muchos casos es el primer
verso).
[2] Hago alusión a un concepto, asociado en gran parte con el
chileno Nicanor Parra, que se hará parte del diálogo poético
latinoamericano (y mundial) en la segunda mitad del siglo XX.
Sirve aquí como vínculo entre las distintas generaciones de
poetas – Huidobro, Parra, Barbarito.
[3] El nombre de la poesía en Náhuatl era in xochitl, in cuicatl
(flor, canto). Véase Garibay.
Reactiones:
libro de visitas o
Carlos Barbarito
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