|

Daniel Mastroberardino
PEZ DE LA
TIERRA O EL INFIERNO EN ESTE MUNDO
Sobre 'Teatro de lirios'
En una edad remota, para que las runas (caracteres de la antigua
escritura escandinava) acrecentaran su poder mágico, los
primitivos hombres de la tierra los teñían con sangre. Del mismo
modo, y para los mismos fines, Carlos Barbarito tiñe cada palabra
con su propia sangre, y aquel poder mágico entra en el mundo de
una especie poesía en donde el aire más denso, el cielo casi
improbable en la tierra embriagada de golpes y sistemas, y ácidos
y caminos, y las moradas que cobijan al poeta sólo son grietas por
donde se filtran un hombre hablándole a su propia sombra./ Un
lagarto en mitad del sueño de un niño./ Un papel donde alguien
escribió "Hoy desperté y no me encontré el corazón"./ Otro hombre
con las manos en el rostro, sentado en un retrete./ Una mujer con
cuerpo de avispa, con ojos de avispa./ El vacío, la oscuridad, la
nada./ El segundo antes de la ejecución, del suicidio./ La
orfandad, la miseria, las sirenas en plena noche. Este es sin duda
el infierno que está en este mundo y en el corazón de Carlos
Barbarito, herido desde muy temprano, al alba de su desnudez, por
ese infierno.
De carne a carne, de espíritu en espíritu, de silencio a silencio
las palabras acentúan su temblor de cosa viva y verdadera, esa
música intensa, humana y mágica que liberan angustias y límites en
los huesos de cada poema. Teatro de lirios es un ojo abriéndose y
multiplicándose entre abismos, una lámpara terrible desnudando la
niebla de los que duermen en mortaja de muerte cotidiana, de los
que no han muerto todavía pero se repiten, vacíos, en rueda de
miseria dentro de rueda. Orfandad y silencio, de los que no queda
sino silencio./ Oscuridad sin límites./ Huesos desnudos,/
expuestos al ojo del coleóptero, /al insaciable apetito de la vida,
de los que tras un día de haber entregado horas de su vida, horas
que no van a volver a vivirse y que quedarán sin uso ya, inútiles,
entre las paredes de una oficina, entre los oficios y papeles de
un juzgado, entre las máquinas de calcular de un banco, entre
ladrillos de una casa en construcción que no es la propia para
retornar al entierro de los sueños huecos de paz, de las
embarcaciones que deben abandonarse a cada respiración profunda,
indefenso entre negocios atroces y días inalterables, vencido de
cansancios y de lucha, dividido por una soledad extraña e
innnombrable: De ellos no queda sino pena en los vivos./En los que
pasan,/ y claman,/y tiemblan cada vez que el viendo dice "mañana".
En este libro uno puede percibir la intuición que ha guiado los
pasos secretos que el poeta ha dado en esos corredores oscuros y
golpeados de tiempo y ritos diarios (que no por vulgares dejan de
ser un asombro) de su destino. En efecto, no es lo que está afuera,
sino lo que está adentro, en el ser del poeta que duda de lo que
estando fuera entra a su ser y se transforma en monstruo o
espectro, en huella absurda de lo conocido, en misterio que hincha
la experiencia como si se dispusieran sombras en exceso bajo
nuestros pies, y un pájaro que pasara por dentro de nuestro
corazón graznando sólo un grito sagrado, o solamente quizás una
presencia muy singular entre el cuerpo y el alma pero eficazmente
instalada en los huesos: entre el ser y el no ser pero
perpetuamente instalada en la posibilidad de ser: entre el cielo y
la tierra pero terriblemente instalada en el hombre. Poeta: "lo
más secretamente temido/sucede siempre".
Fiel a sí mismo -condición sine qua non de todo creador auténtico-
el poeta nos deja oír sus voces y adagios, y permite resonancias
múltiples: la de los bellos poetas, padres de nuestros paisajes
literarios, la de un lenguaje oculto que aguarda la vigilia de la
poesía, la de cierta íntima sabiduría -ajena a toda vanidad y
ostentación- con que el poeta destilará -con dolor y alegría- esas
criaturas terrestres que se cargan de ciertas manchan de polvo o
fósforo, cierto harapo de riguroso lunes, cierta hebra de morfina
necesaria.
Los profanos que lean este libro y lo comprendan no dejarán de
experimentar un dulce deseo de ser poetas; pero sin duda de
inmediato medirán las consecuencias de un deseo quizá impropio.
Pues ¿qué en ellos de ser poeta? ,¿y cómo puede mejorar nuestras
pobres vidas si significa sufrir, si significa abandonar cierto "confort"
que creemos poseer para bien - y sólo para bien- de nuestro cuerpo
y de nuestro espíritu, si significa clausurar las puertas del
templo de nuestros sistemas y principios que imaginábamos
verdaderos? Porque, ciertamente, cuando se oye la voz profunda y
medular de poeta como Barbarito, estallan igual que corchos
podridos nuestras falsas creencias, y las aves abominables que
picoteaban de continuo entran a nuestros ojos para que las
reconozcamos y empecemos a luchar de verdad contra la Apariencia,
reina de nuestra sociedad moderna (apariencial hasta lo absurdo).
Ante esta poesía -manifestación de la conciencia impura de los
hombres de hoy, de los hombres solos e hipócritamente agrupados-
ya olemos a pútrido en nuestras únicas, elevadas e inefables
verdades, en nuestros axiomas de mármol. ¿Y querríamos ser poetas
por eso? ¿y aceptaremos por esto los poemas de Carlos? ¿Quién
accede, por sacerdocio de la poesía, a la bancarrota de nuestras
conveniencias e intereses? De inmediato nos damos cuenta por qué
un poeta es siempre algo molesto, algo que nuestras conciencias
burguesas no admiten sin escozor. Hasta nos parecerá deshonroso
arrodillarnos -aunque más no sea simbólicamente- ante la poesía. Y
si la miramos de frente, no lo haremos sino con pudor -un pudor
barato y sacrílego-. habitualmente, las miradas que le dirigimos,
van de soslayo o de espaldas hacia ella.
Si el poeta no nos halaga, si no nos parece inofensivo, si no es
como nosotros y si lo hace lo que a nosotros nos place, somos, en
verdad, lo que "matarán a ese perro". Pagaremos Teatro de lirios
lo que el libro vale: lo mediremos en valor constante y sonante,
hoy por hoy, en australes (1). Si nos hace alguna llaga, si nos
despierta una sed que va en contra de lo sólidamente establecido,
en contra de nuestra moral y nuestras buenas costumbres, si nos
levanta el párpado para que miremos lo que no queremos ver, habrá
que destruirlo. Haremos nuestra la sentencia de la hermana de
Gregorio Samsa (de La metamorfosis de Kafka): Es preciso que
intentemos deshacernos de él. No es posible sufrir en la propia
casa estos tormentos. Por cierto, la poesía provoca un conflicto
permanente en la conciencia del mundo y de los hombres, no porque
le falta realidad, sino porque la contiene en exceso. Pues, como
dijera Eliot, la especie humana no soporta mucha realidad. Por eso
a veces -como K.- la poesía muere como un perro, y el hombre que
la manifiesta, muere también, y en sucesivas, inexorables y
parciales muertes, como un perro. Los niños que ven morir a sus
perros tienen un llano muy hondo, lloran desde adentro, es un
llanto infinito. ¿Por qué es angustioso y por qué es tan triste
que K. y la poesía y siempre los poetas, mueran como un perro?
En efecto, ¿por qué Carlos sabe esto tan bien? ¿Qué ha visto y
padecido, y cómo lo ha visto y padecido, y por qué es tan
desoladora esa imagen de la muerte que se anuncia?
Ah, ¿y por qué un perro; por qué no un águila, o una víbora, que
es más de la tierra que del aire?
Miseria de la poesía es una síntesis metafórica del libro -y aún
de muchas realidades-pero fundamentalmente del poeta que siempre
tiene hambre y nada desprecia y recoge aquello que los vientos de
estos tiempos arrojan sobre su hambre. La poesía es el perro que
le lame mansamente las costuras del alma. Las vivencias son los
panes nutricios que se instalan en el subconsciente y que el poeta
recibirá como revelaciones o sueños y que él, invariablemeente,
devolverá al mundo como savia de poemas (le entran panes a sus
sueños). Pero Carlos Barbarito lleva en su sangre -la misma que
utiliza para acrecentar el poder mágico de su escritura poética-
un mar desolado que, sin embargo, pese a todo -pese a tu corazón,/partido
de soledad, dolor y rabia; pese a escribir Nos estamos muriendo y
nada de Lázaros; pese a escribir más allá de lo visto/aquí sólo
hay oscuridad; pese a que dices la amo y hasta lloras; y todo se
irá perdiendo en la sombra; y que quince se viene con niños ciegos
bajo las estrellas; y nada que pueda ser recordado,/ni una
estrella en lo alto,/ ni piedra de filosofía ni melodía alguna en
el viento; y pese a muchas otras realidades de igual cuño y
calidad - entran peces a su sangre. En los cultos sirios, y en el
principio del Cristianismo, el pez es el arquitecto de la Vida, es
el símbolo de la Vida.
(1) Signo monetario de esa época.
.©
Daniel Mastroberardino 1985

Publicado en Suplemento
Vida y Cultura, Diario La Opinión, Pergamino, Buenos Aires, 31 de
octubre de 1985.
Reactiones:
libro de visitas o
Carlos Barbarito
|