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Cristina Piña
PROLOGO DE LA LUZ Y ALGUNA COSA
Pocas veces el epígrafe elegido por un autor parece adecuarse de manera
tan perfecta como el que Carlos Barbarito ha elegido para su último
libro, La luz y alguna cosa, donde Gilles Deleuze, con su lucidez
deslumbrante señala que "hay que proponer una lengua menor en el
interior de nuestra propia lengua". Esta afirmación, que en principio
podría aplicarse a toda poesía verdadera en el contexto de la
devaluación de la palabra de la que padece este fin de siglo, resulta
especialmente significativa para la de Carlos, quien, de espaldas a
modas más o menos impostadas y frívolas, ha ido construyendo una obra
personal, donde el lenguaje alcanza un laconismo admirable y una
precisión creciente. Una obra, sobre todo, en la que se percibe ese
grado de necesidad y de sinceridad, que, desde mi punto de vista,
identifican a la poesía verdadera frente al mero ejercicio literario o
la vana experimentación verbal.
Esa necesidad y sinceridad se revelan en el compromiso de la voz poética
con la encarnizada interrogación que emprenden sus poemas de ese núcleo
de sufrimiento que entraña la condición humana, por estar sometida al
tiempo y la contingencia. En relación con esto, creo que los diversos
textos que forman las tres partes del libro, en el fondo se condensan en
dos modalidades de una misma actitud: la visión desapasionada pero
estremecida de la catástrofe del mundo y el dolor humano, y la
afirmación de la presencia de la muerte y la precariedad en toda
experiencia. Frente a ellas, la infancia, por momentos la naturaleza, se
dibujan como un reino de inocencia para siempre perdida.
Y esa poesía necesaria está escrita en una lengua menor pues, a partir
de la amplia red de relaciones culturales que la sostienen -que van
desde Buda a Montale, desde Jackson Pollock a Beckett y Klee- y cuyo
manejo da cuenta de su condición de escritor posmoderno, Carlos
construye un lenguaje que es como el reverso de las voces sociales
hegemónicas y mayoritarias: una lengua a la vez escueta y de una densa
materialidad, frente a una lengua a la vez abigarrada y vacía que nos
invade desde los medios de comunicación y los centros de poder; una
lengua que se aferra a lo concreto -un clavo en la boca, un muro, una
lluvia densa, una tierra devastada o un caballo, un niño, un animal- y
nos enfrenta sin la menor concesión al énfasis o la declamación, con las
interrogantes fundamentales, frente al lenguaje hueco y ampulosamente
afirmativo del mundo.
Se ha dicho, y con razón, que el actual es un tiempo poco propicio para
la poesía. Este libro de Carlos Barbarito nos demuestra que, inclusive
en las épocas más adversas, puede brillar, como una rosa colérica, entre
los escombros.
©
Cristina Piña, 1998

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Carlos Barbarito
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