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Carlos Barbarito
TEXTO PARA EL CATÁLOGO SILLAS DE
MIRTA KUPFERMINC

This is the chair
from which she gahtered up
Her dress, the carefulest, commodious weave…
Wallace Stevens, The Beginning.
Silla es, según la Real Academia, un asiento con respaldo, por lo
general con cuatro patas, y en el que sólo cabe una persona. Sillas hay
muchas y variadas. Así, la curul, donde se sentaban los ediles romanos o
la que ocupa la persona que ejerce una elevada magistratura o dignidad;
la de tijera, que tiene el asiento por lo general de tela y las patas
cruzadas en aspa de madera que puede plegarse; la gestatoria, la
portátil que usa el Papa en ciertos actos de gran ceremonia; la poltrona,
más baja de brazos que la común y de más amplitud y comodidad. Hay
sillas de montar, aparejos para montar a caballo, formado por un armazón
de madera, cubierta de cuero y rellena de crin. Y, también, la silla de
la reina, asiento que forman entre dos con las cuatro manos, asiendo
cada uno su muñeca y la del otro. (1) Si bien no se conservan ejemplares,
se sabe que hay mobiliarios (camas, sillas y mesas) por lo menos desde
el neolítico, diez mil años atrás. Pero la verdadera historia de los
muebles (y por ende de las sillas) empieza con las Dinastías IV y V, en
Egipto, hace más de siete mil. En el siglo XX, la Bauhaus aporta
significativas novedades: Marcel Breuer diseña su famosa silla en
voladizo de tubo con asiento y respaldo de mimbre enmarcados en madera;
Mies Van der Rohe, otra con dos arcos curvados en forma de X –ambos
diseñadores pensaron en una estética agradable capaz de ser fabricada en
serie-; el Art Déco incorpora maderas raras con acabados brillantes en
audaces formas geométricas – al revés de lo que sucedió con la Bauhaus,
la fabricación en serie trajo consigo versiones de baja calidad y el
estilo se devaluó-. Aquellas y estas sillas tienen una función, más allá
de su estética más o menos lograda, el descanso de una sola persona. Se
fabricaron y se fabrican con ese propósito. Algunos artistas del siglo
pasado le dieron a las sillas (y demás muebles) otros destinos más allá
de su función específica. Así, entre otros casos, el cubano Manuel
Mendive es autor de una Mujer (Silla) y de un Hombre (silla), de madera
pintada a la que incorporó collages y caracoles.
Mirta Kupferminc interviene sillas que encuentra aquí y allá, siempre y
cuando estén rotas y presenten las huellas del tiempo. Cada silla
abandonada y reencontrada por Mirta Kupferminc tiene otro destino,
transformarse en metáforas – como bien anota Julio Sapollnik, listas
para entrar en una nueva dimensión artística. La artista me confesó: Me
gustan las sillas que encuentro, me regalan o compro. No son esculturas,
son sillas intervenidas, que siguen siendo sillas. En ellas me permito
jugar con la imaginación y con los materiales. Los títulos son muy
importantes en mis obras, mis obras se completan con ellos. (2) En las
sillas (y mesas, no hay que olvidar, por ejemplo, La coctelera, La leche
que toma el torero, entre otras), se manifiesta aquello que me fascinó
desde un principio en el arte de Kupferminc: su íntima relación con la
poesía. No sólo por el tejido de referencias poéticas (Borges, Carriego,
incluso hay una Silla del poeta y otra, La sombra del poeta, y todavía
otra más: Las manos de mi padre, basada en un poema de Eliahu Toker),
también por el espíritu con que están realizadas, lo que de ellas emana
en cuanto a hondura y misterio y las presencias, visibles e invisibles,
que las pueblan. Así, Mirta Kupferminc nos presenta sillas aladas,
habitadas por hombrecitos con sombreros, en cuyos respaldos hay antiguas
fotografías, sombras y hasta paquetes de yerba mate. La imagino ante una
silla arruinada – para el uso común y corriente -, herramientas en mano.
La veo dotar de alas de ave inmensa a esos muebles condenados por la
ebanistería a vivir a ras del suelo. La veo adherir imágenes cargadas de
memoria y pequeños seres de quién sabe qué antípodas en asientos y
respaldos. La veo feliz por haber salvado la belleza. La veo feliz
porque en sus labores se siente niña de nuevo por un momento. Quien
esgrima como único concepto el de reciclado, apenas si roza la cáscara
del asunto. Hay, por supuesto, mucho más: un propósito, sí, de
recuperación y transformación en el que confluyen piedad y estética, a
lo que debe sumarse la idea central de que hay muchos mundos en este
mundo (Shakespeare dixit) y que, arreglando, corrigiendo y mutando lo
conocido es posible acceder a lo no conocido.
©
Carlos Barbarito 2003.
(1) Hay otra más, la
eléctrica, de la que prefiero no hablar.
(2) El juego permanente, entrevista, 2003.
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