No hace mucho un intenso color azul llamó mi atención mientras
recorría una librería en Buenos Aires. Me acerqué, estaba yo en el
extremo opuesto, y vi que se trataba de un frasco con tinta. En ese
momento tomé plena conciencia de la fascinación que las tintas, en sus
numerosas variantes, me producen desde siempre; recuerdo tardes de
lluvias, en mi niñez, en las que dibujaba con tinta china a plumín o,
directamente, derramaba la tinta sobre un papel para ver qué efectos
producía en la superficie. Sospechaba yo entonces que las tintas
constituían todo un mundo de densidades y colores, cosa que fui
confirmando a través de los años, y que ahora compruebo una vez más al
recorrer la obra de Roberto Aguirre Molina.
El artista es santafecino. Alguna vez, hace muchos años, caminé en una
bochornosa tarde de verano, desde la terminal de ómnibus hasta su
casa. Allí nos encontramos y charlamos durante horas, él era un
pintor, dibujante y fotógrafo incipiente y yo, un poeta menos que eso.
Hay una fotografía que registra ese encuentro: éramos muy jóvenes
(young dogs, diría Dylan Thomas). Luego, no me acuerdo si nos vimos
personalmente en otra ocasión, nos comunicamos hasta hoy a través de
innumerables cartas –Roberto me enviaba regularmente sus ediciones que
denunciaban una casi obsesiva predilección por la miniatura, por lo
que se puede plegar y desplegar, por los juegos de palabras-.

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Hablaré de la más reciente etapa en la producción de Aguirre Molina:
las tintas. Antes fue la acuarela. Líquido, generalmente negro, que se
emplea para escribir –dice el diccionario en su intento de definir la
palabra tinta-, de dibujar y pintar no dice nada. No dice nada de una
porción del arte que incluye, entre muchos otros, a Régulo Pérez, a
Henri Michaux, a Raúl Herrera, a los calígrafos chinos, al Leonardo
de, por ejemplo, el Estudio de las proporciones de 1478, a Öyvind
Fahlström, a Cy Twombly. Un mundo, dije: la tinta china, base de negro
de humo disuelto en aceite, de goma arábiga y aglutinantes; la sepia,
extraída del cefalópodo, diluida en agua; la india, similar a la china
pero que, me lo comenta el propio artista, se puede aguar cuando la
tinta está seca y tiene olor a humedad de la tierra...
Aguirre Molina emplea tanto la tinta china como la india y comenzó
trabajando con el pincel redondo y grueso, de manera –me explica- que
no intervengan los detalles del pincel fino o finísimo, sino el total,
en la hoja. Y prosigue: tomado (el pincel) en el extremo opuesto a los
pelos, es poco el 'control' que se puede hacer sobre la forma ( o las
formas ) o lo que uno cree 'preconcebir' teniendo como 'aliado' al
dibujo. En otras palabras, automatismo; el artista lo dice mejor que
yo: . ...entonces, el abandono a la forma que aparece y se sugiere
como entidad mas allá de la conciencia. Labores de profunda
concentración, de la mano en libertad, que, como bien decía Max Ernst,
la obra aparece ante los ojos del artista que más que hacedor es
espectador de lo que surge. Hay una íntima relación, en la que los
materiales usados son una parte del fenómeno, entre el arte de Aguirre
Molina y el arte de los orientales, sobre todo chinos; esto se daba
también en la poesía de Juan L. Ortiz (habitante de la otra margen del
Paraná) y se percibe en otros artistas de la región. ¿A qué se debe
esto, me pregunto, al paisaje fluvial, a un modo de vida que
predispone a la contemplación, la labor paciente, silenciosa,
ascética?

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Silencio, dije. Sin silencio absoluto, cerradas las ventanas a los
ruidos exteriores (hay una anotación en los Diarios de Kafka acerca de
ello) es imposible que surjan estas tintas. Es imposible que surjan
sin que el artista cierre los ojos. Ojos y ventanas cerradas,
manifestaciones de una misma intención: sondear en lo interior y más
profundo y trasmutarlo (no sé me ocurre otra palabra) en formas a
veces difusas y otras veces orgánicas, cargadas de preguntas, llenas
de misterio pero siempre vitales, luminosas. En algún momento me
parece que el artista captó el estallido de un mundo. En otro,
pareciera que un mundo comienza a nacer. Y en ocasiones pienso en
alquimia, en cópula, en un raro lodo que ansía que de sí brote una
planta, y todo como si todo fuese fruto de un sueño o, mejor, todo
fuese ondas en un agua de sueño que se abren en pos de una orilla
abierta y plena.
A Roberto Aguirre Molina, el niño que fui y el hombre que ahora soy le
damos las gracias.