|

Carlos Barbarito
PUGA
No importa tarde si la dicha es buena – dice un refrán. Conocí tarde a
Alejandro Puga y, si bien en este caso el refrán volvió a tener razón, y
si otro refrán señala más vale tarde que nunca, me hubiese gustado
conocerlo mucho antes. Mis amigos conocen de sobra mi compleja relación
con el tiempo, que no elude angustias y ansiedades, al contrario. Me
hubiese gustado conocer a Puga veinticinco años atrás, y no sólo por el
hecho de que su amistad hubiese aliviado mi enorme soledad de aquel
entonces, sino, sobre todo, porque su obra hubiese enriquecido sin duda
una cotidianeidad signada por la desesperanza. Pero hace muy poco
estuvimos frente a frente, en cierto bar de la Avenida Córdoba, y
mientras conversábamos pensaba yo de qué modo ocurren las cosas, de qué
manera misteriosa se dispone el universo –hasta podría haber un Dios o
existir el unicornio, dice Borges- y, para mis adentros, insultaba al
cosmos entero porque quien debiera haber conocido hace décadas recién
estaba frente a mí un sábado, en una fría tarde de junio de dos mil
cinco. Pero, ¿qué se puede hacer ante tamaña relojería, ante semejante
mecanismo cuyos designios, pese a tanta cuántica y tanta relatividad,
apenas si sospechamos? Lo acepto. Tuvo que ser una antología de poesía
surrealista, idea de Floriano Martins, la que me dio el primer indicio
de Puga, y tuvo que ser Floriano Martins, desde Brasil, el que me señaló
cómo comunicarme con aquél, y tuvo que ser en una tarde de junio de este
año el momento para reunirnos y comenzar un diálogo sobre mutuos sueños,
pesadillas, obsesiones, alegrías y proyectos que, ansío, se prolongue y
enriquezca.
No me rotules como artista plástico, me siento un poeta –me dijo. Me lo
dijo porque lo incluí entre los plásticos en mi sitio en Internet. Y
tiene razón. Puga es un surrealista –concepción del arte y el mundo que,
pese a lo que digan muchos críticos, goza de muy buena salud- y, como
tal, coloca la poesía en primer lugar, como elemento que engloba,
sostiene y alimenta al arte todo. Sin poesía, entendiendo como poesía el
soplo, el hálito, la vitalidad, la luminosidad, el arte deviene seco,
mustio, desinflado. No son muchos los que saben hoy de esto, pero no son
pocos los que sí lo saben –Puga es un ejemplo- y en ellos está otro
destino para un arte que, en su mainstream, en su corriente principal,
que los intereses se obstinan en convertir en hegemónica, se nos
presenta adocenado, amaestrado, repetido, previsible. Y para ejemplos
basta asistir a tantas muestras en las que se exhiben juguetitos a
resorte, fotos Polaroid desenfocadas, piedritas de colores adheridas a
las paredes, farolitos de papel; basta leer una literatura armada por
los editores y ante la cual los escritores quedan reducidos a comparsa.
Ante el estado de las cosas, el surrealismo sigue siendo una alternativa
válida, Puga me lo reafirma, sobre todo su decisión de que el arte y la
literatura deben superar los estrechos recintos a los que
tradicionalmente fueron destinados para ser una visión integral del
hombre y del mundo y herramientas para su transformación. Es decir, el
arte y la literatura tienen que convertirse en poesía. No son la misma
cosa poesía y literatura, el surrealismo optó desde el vamos por la
poesía. Alejandro Puga es un surrealista, es un poeta.
En esta tarde primera de junio, descubrimos que es mucho más lo que nos
une que lo que nos separa. Aun si nos separaran gustos y preferencias, y
hasta ideas de pensar la política, nos uniría la poesía. Sonreíamos cada
vez que pronunciábamos un nombre al mismo tiempo: Hopper, O´Keeffe,
Duchamp, Tanguy, Artaud, Ernst ... Nombres que nos revelan habitantes de
una patria común. Y, ahora lo pienso, más allá de las bromas del
universo que juega con el tiempo y, por ende, con nosotros, indican que
recorrimos caminos paralelos y semejantes y que, aunque el cruce se
diera de modo tardío, de algún modo, ya nos conocíamos, al menos nos
sospechábamos, desde siempre. Es más: yo elegí como lugar de encuentro
un bar llamado Jetro, sobre la Avenida Córdoba al 2900, y Puga, apenas
llegó, me preguntó si era porque yo conocía su fascinación por Jethro
Tull. Yo desconocía eso y, de algún modo, como en tantas otras
cuestiones, lo sabía. De nuevo se cumple la magia cotidiana, de la que
hablaba Breton: mínimos prodigios, que unos pocos con los sentidos
alertas detectan, que tienen lugar alrededor de nosotros, a cada rato.
Ante mí tengo dos libros de poemas de Alejandro Puga: Apunte de
eternidad, de 1988 y La inspiración del universo, de 1992. En la
cubierta del primero, la fotografía de un objeto, titulado El principio
del placer, diseñado por Mirta Ignacio y el propio Puga; en el segundo,
tanto en tapa como en páginas interiores, obras de Kirín. Una palabra se
me ocurre a propósito de la obra escrita de Puga: expansión. Término que
me lleva a pensar en uno de los modelos de universo, en una de las
teorías en vigencia a partir del Big-Bang. El cosmos poético de Puga es
una infinita sucesión de elementos en expansión, como luminosas astillas
de un gran vidrio que estalló en el fondo del tiempo. Estos componentes
en vertiginoso viaje en todas direcciones están conformados por las más
diversas sustancias que tienen los más diversos colores, olores, medidas
y pesos. Es un mundo que no tiene ni pasado, ni futuro, ni presente, más
bien donde pasado, futuro y presente semejan un inmenso telón de fondo o,
mejor, un sólido de forma harto compleja, laberíntica, por el que las
figuras del tiempo se mueven de manera indiferenciada. Así Heráclito
vuela muy cerca de Sade, helechos prehistóricos se aproximan a un Venus
resplandeciente.
Leo: el fuego es propiedad del agua. Sólo un poeta puede afirmar tal
cosa. En cierto film alguien habla de agua que se quema. En realidad, en
Puga, el fuego es propiedad exclusiva de cuanto existe. Relámpagos,
cosas que arden, verbos que arden, llamas que deshace las miradas,
detonaciones del placer, alelíes calcinados... Fuego es Eros y lo
erótico, la más alta manifestación del fuego, aparece por doquier, de
los modos más singulares y cambiantes: como fragancia de cama de amor,
como largos cabellos saciados por los flujos del mar, como una bella
elegida, como sed de truenos, como estuche de cartas amorosas... Esta
apelación a lo erótico confirma una vez más la filiación surrealista de
Puga, su apuesta por la más alta carga vital es, también, una apuesta al
no a la represión y la cristalización de lo humano. Hay en el hombre,
leí esto alguna vez, energías que le han sido sustraídas por el aparato,
la sociedad. Y sobre todo lo erótico le ha sido arrebatado. El deseo en
los poemas de Puga adquiere libertad y potencia, el poeta manifiesta a
su modo su conciencia crítica ante lo que fija e inmoviliza. No es otra
la intención de su universo en permanente movimiento, no es otra la
significación de sus vastas manifestaciones de energía.
El poeta es un permanente insatisfecho. Su meta es lo desconocido, lo
maravilloso, lo soñado, sus herramientas son el azar, la alucinación, el
delirio. Lejos estamos del talento, como faceta del ingenio y la lógica,
cerca estamos, con Puga, del ensueño, del juego desinteresado, vía hacia
la más alta libertad.
Alejandro Puga hace rato emprendió esa ruta, los ojos bien abiertos,
despeinado y descalzo.
© Carlos
Barbarito, 2005.
Publicado en
http://www.gruponemesis.com.ar/creacion.htm
Reactiones:
libro de visitas o
carlos barbarito

|