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Sonia Catela
SOBRE EXODOS Y TRENES
Las arcas y el
Cantar de los Cantares
En medio de la catarata de almíbares derramados en situaciones que
debieran ser de crítica literaria (a la que se bastardea con el
amiguismo y el hoy por ti mañana por mí), el intento por
introducir el matiz y la jeraraquía cualitativa, parece empresa
derrotada de antemano. Como en la vidriera discepoliana (1), se
equipara mediocridad con excelencia, y a unos cuantos calefones se
los disfraza para que pasen por Biblia (2). Complacencias que
conducen al descreimiento del que lee, y a la falta de honestidad
intelectual en el que loa, consciente de perpetrar el elogio del
esperpento. Aun así, Viga bajo el agua (y alguna referencia por
complemento a Bestiario de amor, ed. Tierras Planas, también de
este año).
Están el libro del Profera y el del Apocalipsis. Y la Escritura de
Carlos Barbarito. La refinada reformulación de los temas (creaciòn,
condena e improbable salvación) desde la exquisitez y desolación
de la poesía. Y si al amor sobreviene siempre/ una cruz de sangre
pintada en una puerta,/ un cortejo de encapuchados diciendo
nuestros nombres/ por las diez mil calles de la peste, aún así,
sin rodillas, sobre las que caer, /casi loco, emocionado en la
vida, para adorarla. El Pacto original es firmado y roto, en
absurda, incomprensible simultaneidad: hizo nuestros rostros/ a
imagen y semejanza de los racimos/ que penden y oscilan sobre las
tierras/ rasguñadas por el viento, / y luego de soplarnos en las
narices/ nos dijo: Ya es tarde. Y desde esta ruptura iniciática,
Barbarito, con la palabra rota, amasada y rehecha en un nuevo
alumbramiento, transmite memorias de antiguas reminiscencias: Yo,
como todos, debo ser residuo de una forma / que nos fue arrebatada,
de algo/ que era como un enloquecido zumbido de abejorros,/ no
esto, la lluvia calándome los huesos,/ el látigo golpeándome la
espalda,/ un carro del que tiro sin moverlo ni un poco,/ y tu boca,
ardiendo como una estaca, pero lejos... Barbarito no grita, pero
como Job sabe también que el mundo oscurece y mata los caballos,/
no para comer su carne, / para abandonarla a los buitres. Amor,
salvación, sombra y castigo, en este cantar de los cantares que
indaga en el destino del hombre hasta llegar a ese punto donde la
belleza seduce y lastima. El lobo muerde a la palabra conejo./ Ni
grito, ni dolor, ni sangre. Sí, deslumbramiento en el que lee.
Previsiblemente, estos poemas obtuvieron premios. Y lectores que
advierten que Barbarito no pertenece, por suerte, a las huestes
afiliadas a la Asociación de Poetas Falsos. Tampoco a la farándula
literaria. Como sugería Ezra Pound, no sobra en estos poemarios un
solo adjetivo y en sus arcas, todo tiene sentido. Los manantiales
brotaban desde el fondo del mar,/ y las compuertas del cielo se
abrían./ El arca era de madera de ciprés y estaba calafateada con
brea/ por dentro y por fuera. Las aguas crecían mucho sobre la
tierra, cubrían/ los montes más altos; y en el arca/ ellos se
abrazaban entre bestias puras/ e impuras, entre canastas con carne/
de pez y de cordero, frutas y panes./ Y la piedra aún limpia de
sangre, la respiración innumerable, la paloma/ y el cuervo
dormidos en sus jaulas,/ cenizas últimas de un mundo/ junto a las
que ellos se acostaban, temblando./Larga espera por el alba y los
caminos./Afuera la lluvia no encontraba reposo.
.©
Sonia Catela 1992

(1) Referencia al
letrista de tangos Enrique Santos Discépolo.
(2) Referencia a versos de un tango de Discépolo, Cambalache.
Publicado en el diario
El litoral, Santa Fe, Argentina, 28 de noviembre de 1992.
Reactiones:
libro de visitas o
Carlos Barbarito
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