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Santiago
Sylvester
Sobre El peso de los
días
Por qué se sigue escribiendo poesía cuando todo desconvoca a hacerlo, es
una pregunta que no tiene una respuesta fácil. La poesía no está de moda,
no da éxito ni se puede ir con ella al mercado; y el prestigio que
arrima tiene una entidad tan abstracta que es difícil ubicarlo en el
código social vigente. Supongo que esta obstinación tiene que ver con la
simple tozudez, o con la resistencia o, incluso, con una respuesta
política al deber ser avasallante que propone la sociedad de consumo y
el atesoramiento. Escribir poesía tal vez suponga, hoy por hoy, decir no
donde todo propende a decir sí, apuntarse a algún tipo de disidencia, de
acuerdo al orgulloso aforismo de Guillermo Boido:
la poesía no se vende
porque
la poesía no se vende.
Alguna vez alguien se ha tomado de clasificar las razones de porqué se
escribe poesía, y ha logrado una larga (y más bien ovbia) lista de las
pasiones humanas: razones religiosas, amorosas, políticas, celebratorias,
heroicas, psicológicas, históricas, luctuosas y, en fin, la vasta
posibilidad de esos movimientos anímicos que terminan convirtiéndose en
palabras.
De todas las razones posibles, hay dos que me gusta encontrar en un
poema: que subyazga una cierta incomodidad; es decir, que el poeta se
ponga frente al papel para calmar alguna angustia (o lo contrario: para
volverla incontenible y darle de este modo juego creativo); y que
suponga un placer por las palabras: usarlas, revisarlas, hurguetearlas y
sacarles todo el jugo, ya fuera de la pasividad del diccionario; es
decir, que se note la carga afectiva del poeta al ordenar el caos, o al
desordenarlo más aún, pero a favor, con la vieja herramienta del
lenguaje. Sin la primera de las razones, el poema suele carecer de
necesidad; y sin la segunda, el poeta está sencillamente perdiendo el
tiempo en este oficio.
Chesterton dijo, al parecer, que el lenguaje es una creación de
cazadores y guerreros. Esta cita no la he sacado, en realidad, de
Chesterton, sino de una charla con Rodolfo Rabanal, así que cualquier
error tendría que atribuirlo a la dispersión de un paseo matutino bajo
el sol de Madrid con este amigo. No sé, por lo tanto, si la cita es
exacta, pero la idea tiene fuerza. Significa, metafóricamente, que el
lenguaje (y yo diría que prioritariamente el poético) es producto de
gente inquieta, gente desordenada y movediza que sale a buscar su presa,
gente que, a salvo de mata, vive al asecho en una vida a la intemperie.
Esto es reflejo de la incomodidad que reclamo para el poema, tal vez
porque (y aquí confieso que la autocita es un viejo vicio de los poetas)
sólo se suelta de la tabla quien debe buscar el pedazo que le falta.
Incomodidad de cualquier signo, incluso tranquila, acogedora y con gran
confianza en el porvenir, pero que esté.
En cuanto al amor por las palabras, resulta de tal evidencia que casi no
valdría la pena agregar más. Bastaría con repetir la opinión de Huidobro,
para quien decir que un escritor maneja bien las palabras es como
asombrarse de que un aviador sepa mantener el avión en el aire. Lo que
ocurre, sin embargo, y con demasiada frecuencia, es que ese amor por las
palabras no resulta tan visible: como prueba se podría mostrar una
docena de botones. Y a mí me gusta que, aún en el desaliño más estudiado,
aún en la torpeza concebida como método, se note la relación emocional
entre el poeta y su herramienta. Puedo entender (y lo entiendo
íntimamente) que un poema no sea perfecto porque el poeta no ha
conseguido la perfección, porque se ha quedado sin pólvora o porque no
la ha ayudado la perfección; pero nunca por abandono o por abulia: en
este caso habría que incluirlo en el código penal como al aviador
incompetente.
Aquellas dos razones que he mencionado están, afortunadamente, en este
libro de Carlos Barbarito. Y hay que agradecerle que lo haga con un
lenguaje adaptado al objeto que nombra (palabra trabajada, por lo tanto):
un lenguaje algo crispado, como los asuntos de su cantera, con el que
propone poemas que giran sobre varios ejes, ya que toda lengua es
extraña (cita libre dun poema de otro libro, aún inédito, de Carlos
Barbarito). Lengua extraña o, lo que es igual, lengua que hay que
inventar en cada poema para que exprese, casi a traición, y aún a su
pesar, lo que el poeta no sabe que quiere decir.
©
Santiago
Sylvester, Madrid, 1995
Reproducido en el tríptico que resguarda la edición en diskette,
cuidada por Carlos Read, Buenos Aires, Altamira Ediciones Electrónicas,
1996.
Reactiones:
libro de visitas o
Carlos Barbarito
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